Sangre y Leche (sobre cables y estornudos). Federico Galende. Noviembre 1995.

Sangre y Leche (sobre cables y estornudos)

Federico Galende
Noviembre 1995

No hay titulo que no nazca conjurado; es más, podría decirse que toda obra emerge para incomodar un nombre. Así, la obra nunca es el nombre, pues éste es siempre el resto contractual que toda firma agita. Se trata del techo nominal del título como soporte normativo y del suelo de la firma como mísera condensación biográfica, dos extremos que toda imagen debe desarmar desde un adentro que abole sus referencias al sentido. Pero hay un riesgo que cautiva en lo que ahora podríamos llamar la titulación HERRERA, pues la sangre y la leche comprimen una trama que curiosamente colma el significado de lo que el autor expone. Vemos una obra de HERRERA, y decimos ¡obvio! ¡siempre se trató de eso, de la sangre, de la leche! Aunque en este caso hablamos de la sangre y de la leche como hilaridad loca y desenfrenada, un desparramo que recorre el espacio del cuadro denunciando dos rupturas sorpresivas: la de la leche con el hambre y la de la sangre con el honor. La leche y la sangre, la indignidad y el honor, no significan en la obra de HERRERA la sedimentación de dos códigos que la modernidad de filosofía debía resolver con su heideggeriana concesión a la técnica, sino el olvido ejecutado por un  técnico en problemas, un maestro de la electricidad que, en medio de su intervención meticulosa, siente el llamado sorpresivo de una descarga y se retira de casa dejando todos los cables cruzados en el piso. Cablecitos rojos y blancos, entonces, contrastantes, que eran nada más ni nada menos que aquello que podría haber encerrado en sus viboreos el último desafío del pensamiento orgánico.

HERRERA es un meticuloso que se deja invadir por el estallido de un tiempo aledaño, y entonces se retira y deja todos los cables de la función leche y de la función sangre en una desconexión irritativa. Frase menor, la mía, que escribo con deliberada maldad en este catalogo. Porque el problema sigue siendo que quizá nada de Herrera podría comprenderse in apelar a su sociología. De hecho, se trata también de un sociólogo. Pero este sociólogo sale todo el tiempo de la función productiva del texto técnico de un modo similar a como lo haría un electricista exhausto. A diferencia de los discípulos goldmanianos y los por momentos estrechos sociólogos del arte (¡alguien nos bendiga de este maleficio!), HERRERA entendió que el único modo en que lo visual puede salirse de lo productivo es una suerte de “estornudo escatológico”.

Toda la obra de HERRERA encierra un duelo banalizado (aunque aquí apelamos a lo banal como injuria del contexto) entre la tecnificación de las hilaridades lactosas y sanguíneas y el estornudo que dispersa esa semiología y la obliga a significar por fuerza de todo código. Lo que HERRERA pretende hacer es severo, y esa severidad nos hace un poco titubear. Pero si totalizamos la palabra, y hacemos como si ésta pudiera encerrar el acontecer de un lápiz derivando por la hoja, decimos que la obra de HERRERA es la de un electricista desmemoriado que ha conjurado su propia obsesión a través de un estudio ancestral y sin embargo voluntario. Distando de los viejos proyectos de las acciones de arte, que consistían en devolver la leche a los necesitados, HERRERA ataca esa reposición roussoniana y sospecha (¡y que bien que sospeche!) que la leche devuelta, no la derramada, es ya una alegoría pobre de la política cultural. Estornudar sobre los códigos, desprender la leche del hambre, estorbar los soportes que desde un progresismo válido pero ingenuo se convierte a espaldas de la sensibilidad en una normativización del sentido. Eso es hacer política con el sentido, critica con el garabateo desolado del lápiz. HERRERA  estornuda; después hay otra leche y otra sangre que en alguna parte del mundo habrá de consumir ya intervenida por esa forma nasal del habla.