Paisajes Cosmopolitas. Manuel Corrada. Octubre 1998.

Paisajes Cosmopolitas

Manuel Corrada
Octubre 1998

Un gran hombre, Leonardo, en un párrafo poco citado, fue uno de los primeros en notar que en un cuadro hay por lo menos dos tipos de información, que se complementan, a veces se odian, y en ocasiones pasan inadvertidas. En nuestros días, una de ellas la ha exagerado Pollock. Es la preponderancia del lienzo, la tela, el género. También sabemos que una obra visual tiene un par de cosas muy importantes: la tela y los signos sobre ella; que no son tan independientes, y que exaltar una en desmedro de la otra enreda la percepción y complica cualquier argumento con pretensiones teóricas.

El formalismo ruso de comienzos de siglo, pasó muchas horas desvelado tratando de entender que los signos visuales poseen una armazón lingüística, gracias a lo cual uno no se quedó pasmado años después frente a las obras de Arakawa y Twombly, que por lo demás hubiera sido la reacción normal. Sin embargo, en estas obras que combinan vocablos visuales con las palabras de siempre, se crean unas zonas de ambigüedad, unos espacios donde nace nuestro interés de espectadores.

Las obras de Claudio Herrera hacen dar vuelta muchas ideas por la cabeza. La mescolanza de técnicas, a estas alturas del milenio la damos por descontado para quien conoce cabalmente su oficio; el humor sutil, seduce; y lo urbano, lo urbano con sus más y menos, con sus excesos para la mirada, para los paseos, con todo lo de estas ciudades endemoniadamente capitalistas que gastan sin parar, lo urbano que emana de estas obras y apacigua, calma y sosiega, por vía estética, la truculenta realidad cotidiana de las calles.

Si Giuseppe Terragni, un arquitecto fascista empedernido, aparece en algunas obras de Claudio Herrera, pero en negro, carbonizado, y un cuadro rosa (pink rosa, oil on canvas) tiene escrita su sentencia: “here is dramatic evidence”, es porque estos trabajos son cosmopolitas, furiosamente cosmopolitas.

El cruce callejero de etnias, de ropas, colores de piel, olores de aceite, religiones, esa mezcla que se ve en las grandes ciudades, diversifica el globo terráqueo y nos cuenta una leyenda de maravillosa humanidad. Los encuentros y tropiezos de los óleos , tintas, dibujos y recortes sobre un horizonte de líneas urbanas, esa maraña de rayas con que las ciudades dan la cara, selladas por unos grafismos que nos suenan sin reconocer su origen ni sospechar su destino, forman el paisaje de Claudio Herrera, uno donde se encuentran en el fondo del papel, a veces el diseño, y además las lecturas sobrescritas. En dos palabras, paisajes cosmopolitas.