Claudio Herrera – mi arte, mi autobiografía. Paul Ardenne

Claudio Herrera – mi arte, mi autobiografía

Paul Ardenne
Marzo 2014

Mezcla a la vez de dibujo, collage y pintura, la obra plástica de Claudio Herrera tiene toda la apariencia de una labor titánica: centenares de producciones que se acumulan a toda velocidad, con una intensidad poco común y un agudo sentido de la saturación visual. Los cuadros del artista condensan, sin duda, un universo en tensión. Diseños elípticos, grafitis, dibujos abstractos o figurativos, fragmentos de afiches o collages, todos juntos, en un mismo lienzo y en un mismo plano, se disputan el espacio sin jerarquía, en un desorden dinámico que parece evocar lejanamente el fotomontaje dadaísta, la pintura futurista y el neoexpresionismo pictórico en boga en los años ochenta, de la corriente Bad Painting. El verdadero sentido de estas composiciones se escabulle allí donde su efecto se deja captar en una sola mirada: una celebración del caos, del desorden de la consciencia, de la expresión automática y a la vez meditada.

Una enciclopedia del yo errático

Un cuadro de Claudio Herrera, inmediatamente reconocible, se distingue siempre por sus múltiples entradas. Sobre el lienzo, una línea abstracta, garabatos de colores, palabras, el recorte de una diario, el fragmento de un afiche rescatado o de una revista en el que se exhibe un desnudo femenino obsceno o una escena de sexo, el título escrito a mano de un libro de filosofía famoso, referencias a la semiología oficiando de biblia del pensamiento crítico –el de un Barthes, un Guattari, un Derrida, un Debord… A menudo, también encontramos alusiones a la política chilena bajo la dictadura de Pinochet o a partir de allí y, a través de fragmentos de documentos técnicos, la insistente evocación del modelo de vida norteamericano, como una suerte de fantasma molesto. Force majeure, Renacimiento y homenaje a los caídos en la fiesta capitalistaHannah Arendt en Palestina, Una hembra laboristaDebord ne s’est pas arrêté d’écrire et de penser…El título de cada cuadro de Claudio Herrera, pese a su carácter hermético, funciona como indicio : el artista examina el mundo, él mismo es atravesado por mundos, el sentido de la tarea artística es poner las cosas en claro, en la medida de lo posible.

En el fondo, en Herrera todo sucede de manera compulsiva: el cuadro es como un registro íntimo y abierto a la vez, tan sensible como pasivo y sin duda alguna, político. Carga y descarga. La obra plástica de Claudio Herrera es, en realidad un poderoso espejo de su personalidad contradictoria, introvertida y extrovertida a la vez, autocentrada y concerned. ¿Qué nos enseña el cuadro? El artista cuestiona la homogeneidad, el encierro, el orden. Por el contrario, en su obra confluyen múltiples entradas dispares pero reflejadas de manera conexa, siguiendo el modelo de la diseminación (todo se dispersa), del rizoma (todo se sostiene) de las “mil mesetas” (la realidad y el pensamiento que dan lugar a la creación son un milhojas), del choque (el deseo no es único, sino que opera en múltiples direcciones). En este sentido, cabe hacer de esta creación artística un espacio de intensidades, al estilo deleuziano. Crear alimenta el deseo, intensifica las expectativas, exalta los puntos de vista, exige que algo sea fijado por la forma. Creo luego existo. Mi obra-mi yo.

La vida hecha arte

Claudio Herrera, a la manera de un Roman Opalka, un Cy Twombly, un Jacques Coulais o autodidactas tales como el abad Wölfli, Ferdinand Cheval o Picassiette, es un artista total. ¿Qué es un artista “total”? Como puede demostrarlo la obra de los artistas mencionados anteriormente, cuyas prácticas artísticas no se asemejan y tienen muy poco en común, es una cuestión de compromiso profundo, de cada instante, con una voluntad de creación obsesiva y una Kunstwollen (voluntad artística) imperativa y tiránica. La “voluntad artística” en Claudio Herrera resulta de esta idea categórica: en las producciones artísticas, hay que dar todo de sí mismo. Y hay que hacerlo sin escatimar ni regatear, sin refrenarse ni hacer concesiones al estilo, la moda, la elegancia, la seducción.

Detengamos nuestra mirada en la intensa producción artística de Herrera. Lo que llama la atención es, ante todo, la gran cantidad de dibujos y pinturas realizados por el artista. Lógica concomitante: el arte “mide” la vida, es su permanente artesano, día y noche, y esa alianza nunca cesa. La vida integrada al acto de creación. Pero atención: en este caso, la vida entera pide albergarse en el trabajo artístico, no solo algunos fragmentos o impresiones pasajeras. A la manera de un James Joyce en literatura, podríamos argüir. Joyce, el autor de Ulises y de Finnegans Wake, cuyo proyecto literario era, según sus propias palabras, albergar todo el universo en una caracola de mar”.

Segundo hecho llamativo, el “todo en uno”. Cada dibujo, cada cuadro de Claudio Herrera se elabora de un modo cumulativo (múltiples entradas) y a la vez archivístico (el cuadro es el conservador, el tabernáculo de un momento de vida y de todo lo que constituye ese momento vital). En este sentido, la obra de arte se convierte en una suerte de registro de la vida, en el momento en el que esa vida se expresa y se despliega en ese instante. Por ello, no debe sorprender que cada obra de Claudio Herrera sea tanto una construcción como un “soltarlo todo”, tanto una elaboración cuidada como el resultado de un arrebato, tanto un trabajo racional, que remite al acto de introspección, como un puro expresionismo que consiste, primero y ante todo, en dar hasta las entrañas. Poussin y Pollock. Kosuth y Basquiat. Un híbrido.

El «hacer » unificador (reunir múltiples tradiciones artísticas)

En el juego de las referencias –numerosas- ubicaremos la obra de Claudio Herrera bajo diferentes égidas, tan venturosas como catastrofistas. A primera vista, André Masson y Georg Grosz, por el dibujo y la libertad del trazo. De igual manera, Jackson Pollock, por la práctica del All over. Asimismo, Vassili Kandinsky, el de las Improvisations, que articulan composición grafica o pictórica y adaptación musical, el sonido deviene línea o color. Last but not least, Dada, por el furor de la expresión; Jérôme Bosch, por el gusto de la alegoría visual; el arte holandés del siglo XVI, por las composiciones ricas en detalles, que no podemos abarcar con una simple mirada dadas las múltiples entradas; Jean-Michel Basquiat y el expresionismo figurativo de fines del siglo XX; el Robert Rauschenberg de los primeros cuadros, por la presencia deliberadamente desordenada de figuras y componentes en el cuadro.

Con la siguiente salvedad: en el caso de Herrera se trata, desde ya, de unificar esos estilos y entradas, de combinarlos, y poner en plano de igualdad las entradas, sin que una sea superior a la otra.  Esta obsesión por la máxima integración de los estilos proviene de la voluntad de no elegir y, originalmente, de una convicción: el arte de la representación, que sufrió múltiples evoluciones a lo largo de la historia humana, debe usarse de la manera más eficaz posible. Ahora bien, en términos de las artes plásticas, no hay eficacia mejor lograda sino mediante el uso libre y unitario de todas las formas de expresión, en una relación sin complejos con el estilo y las prácticas de la expresión plástica: la escritura, para definir con precisión una postura personal o un punto de vista; el collage, para relacionar y encajar elementos comúnmente no apareados por la lógica del sentido; el dibujo de tipo grafiti para trazar figuras libres o reflejar en el cuadro estados de ánimo;  por último, la pintura, cuya expresión colorida tiene por objeto salpicar la superficie del cuadro de instantes expresivos intensos, lanzados como flechas sobre el blanco.

Una energética

El trabajo artístico de Claudio Herrera debe ser observado en términos de energía. La proliferación de formas que emanan de él, la gran cantidad de cuadros realizados por el artista, el furor que mana de su obra en cuanto es considerada en su totalidad ponen de manifiesto esta realidad: la práctica artística, llevada a cabo y exhibida de este modo, viene, sin duda, a llenar un vacío.

Para Claudio Herrera, el arte en tanto práctica artística tiene que ver con la terapia existencial. En el fondo, nunca se crea por placer, la obra se construye siempre en la desesperación, en el sentimiento que tiene el artista de que el mundo es difícil de soportar, que falta algo y que deben agregarse formas, un discurso, un lenguaje, una presencia. En este sentido, no es de extrañar que la expresión artística no solo en multicapas, sino articulando el palimpsesto y la sedimentación (una capa, más otra capa, más otra capa…) se caracterice al mismo tiempo por su terror al vacío, su obsesión por el All over, y una constante pulsión de llenado. Considerado en su conjunto, el cuadro debe encarnar un espacio privilegiado para la mayor expresión posible. Sobre todo, en razón de los instrumentos utilizados, desde el lápiz al collage pegado, desde el pincel a la lapicera con la que se escribe. Sobre todo también, en razón de las temáticas abordadas, que en este caso son la relación tensa con el espacio, el diseño, la expresión escrita, la oferta mediática. Herrera tiene que decir algo y mostrar que lo dice, en una misma construcción, en un mismo impulso.

La energía, entonces. Hay que imaginar al artista enfrentándose con su lienzo en blanco, cargándolo poco a poco hasta saturarlo, hasta hacer, de cada cuadro, el equivalente de un “mundo”. El espectador, cautivado por el vértigo de la composición, por su complejidad, por la multitud de brechas plásticas y semánticas que ofrece y a las que invita, se sentirá inevitablemente desarmado: no es tan sencillo ingresar al mundo de otro, más aún cuando ese otro se presenta como “todo en uno”. Si el sentido de las obras de Herrera sigue siendo incierto, promueve la idea de que la obra es, en función de las circunstancias, el resultado de un “trabajo”, a la vez faena (el movimiento operatorio), concepción (el movimiento como emisario del pensamiento) y, según la etimología original del término trabajo, “tormento” (el movimiento como castigo y la creación como esfuerzo de supervivencia realizado en un intento de salirse de una vivencia oscura). La aparente confusión que expresan los trabajos artísticos de Claudio Herrera, gran celebración del mix y la aglomeración anárquica es, en este caso, el efecto producido por la fuerza del decir, que es el rechazo del no decir y la obstinación de llevar hasta el final su propia palabra de artista. Sin pulir, desde luego. Añadir a lo que es, añadir y seguir añadiendo hasta la saturación del soporte sobre el que se sella, se manifiesta y se disemina la expresión, todo ello resulta de una voluntad que nada sería sin la energía.

Para Claudio Herrera, la creación no es un capricho de la vida que juega con la norma y se da el lujo de la divergencia. Es el cuerpo puesto en movimiento por la vida misma, un cuerpo en sí saturado, para el que la ejecución del cuadro, en tanto acto, el tiempo que dura dicha ejecución, en tanto experiencia, es el receptáculo de las emociones, de los humores y del pensamiento, en un modo deliberado tan positivo como negativo, tan seguro como inquieto, tan colérico como razonador. Una catarsis en su punto culminante, autónoma, que el artista lleva a cabo a solas, en un estado de conflicto.

Universitario (Facultad de Artes, Amiens, France), colaborador de las revistas Art press, Archistorm e Inter, entre otras, Paul Ardenne es autor de varias obras que tratan de la estética actual: Art, l’âge contemporain (1997), L’Art dans son moment politique (2000), L’Image Corps (2001), Un Art contextuel (2002), Portraiturés (2003). Otras publicaciones: Extrême – Esthétiques de la limite dépassée (2006), Images-Monde. De l’événement au documentaire (con Régis Durand, 2007), Art, le présent. La création plastique au tournant du 21ème siècle (2009), Moto, notre amour (2010), Corpopoétiques 1 (2011), Cent artistes du Street Art (2011). Asimismo es novelista: La Halte, Nouvel Âge, Sans visage, Comment je suis oiseau (2014).